martes, 16 de noviembre de 2010

El juguete ocioso

"La edición alemana del libro me llamó la atención porque el título es Elogio de la pereza. No se llama Ocio. Y yo lo veo como algo productivo, como dice Heidegger: uno en el estado de aburrimiento siente por primera vez el ser. Así que yo lo entiendo de esa manera. Me parece que es como una sensación productiva: aunque siempre estamos dentro de las líneas del mercado, es salirse un poco y bajarse de esa alienación. Es un momento irrepetible en la vida de una persona: uno está en su casa, escuchando los discos que le gustan, masturbándose, no sabiendo qué hacer con su vida pero, a su vez, también con un montón de cosas que se pueden ver en el horizonte y que pueden llegar a pasar. Para mí, ese tipo de ocio es un momento super interesante."
Fabián Casas en una entrevista para Página 12


El juguete ocioso

Por Juan Pablo Bertazza para Radar


Casi al comienzo de Ocio –la nouvelle de Fabián Casas–, el protagonista Andrés Stella cuenta que, cuando fuma porro, su amigo Roli “empieza a hablar con el tono afectado de los actores en las películas argentinas”. En la adaptación al cine de Ocio, a cargo de Juan Villegas (Sábado y Los suicidas) y el periodista Alejandro Lingenti, esta afectación dice presente en algunos diálogos incoherentes y altisonantes, como el que tiene el protagonista junto a dos amigos, tomando cerveza, en una terraza desde la cual se ve el Parque de la Ciudad, y sobre todo en una guitarra fuerte y distorsionada –descuella la música de Ariel Minimal– que irrumpe permanentemente en el argumento, tal vez como expresión del propio ruido mental. Una afectación que no es falla sino propuesta estética.

“Se trata de una versión libre”, aseguraron los directores. Sin embargo, más que una versión libre, la de esta película parece una versión ociosa, es decir, no muy fiel al contenido, pero sí muy fiel al espíritu del libro. Como si los realizadores hubieran captado a la perfección la desidia de su protagonista para hacerla trascender al espíritu de la película, como si la misma lectura del libro hubiera seguido los patrones de la pereza, de la ociosidad: algunos personajes son ignorados, otros puestos en relevancia, lo mismo que sucede con ciertos escenarios y líneas argumentales. Hasta en los detalles parece abundar el desvío de una lectura un poco vaga: ahí donde en el libro se habla de Viaje al fin de la noche de Céline, en la película aparece El primer hombre de Camus, y la obsesión del protagonista por el lado B de Abbey Road cede en la película a la música de Pescado Rabioso. La película capta y reproduce a la perfección la atmósfera ociosa de Ocio: si bien la ficción sucede casi en su totalidad en pleno invierno, lo que transmiten tanto el libro como la película es una fuerte sensación de pegajoso calor, de siesta, fracaso, aire acondicionado y persianas que combaten el sol.

Pero, ¿de qué hablan cuando hablan de ocio tanto el libro como la película? Uno de los principales referentes de la generación poética del ‘90 –la publicación de su poesía completa hasta la fecha por parte de una editorial como Emecé constituyó una consagración a la que cuesta encontrarle antecedentes, inédita para un poeta con trayectoria, pero joven–, el ocio de Fabián Casas parece ser la contracara perfecta de lo que fue el confort en el menemismo, y a su vez una de las primeras intenciones en poner por escrito sus nefastas consecuencias: ahí donde había lugar para deme dos, consumismo, shopping y viajes a Disney y Europa, este libro publicado en el año 2000, poco antes de la hecatombe que demostraría que menemismo y delarruismo eran dos caras de la misma moneda, muestra el espejo siniestro de esa comodidad. Lo interesante y raro de la película es que, lejos de escaparle al bulto a un tema que estaba esbozado en el libro, le encuentra nuevas resonancias: la relación con el dinero. Además de marcarles insistentemente a familiares y amigos su falta de plata (algo que ya deberían saber), el conflicto monetario del protagonista y acaso de gran parte de esa generación que compró el discurso del confort para luego quedar seducida y abandonada en la pobreza integral de su clase media, es expuesto en una escena que brilla por su lucidez: cuando junta dinero y al fin sale de su casa para ir a la cancha, el protagonista se olvida el billete en medio de su cama. Es decir, los problemas con el dinero atañen no sólo a lo tangible sino también a lo simbólico, a tal punto que tenerlo no siempre significa poder utilizarlo. El ocio, en ese sentido, constituye no la licencia sino la imposibilidad de ser productivo y disfrutar para serlo aun más, se cuente o no con dinero.

Pero además de esa ociosa fidelidad, la película también sigue al libro en otro de los niveles que trascienden al argumento: así como Ocio constituye una obra de iniciación –no sólo la de Casas en la narrativa sino la del personaje que, al fin y al cabo, y para bien o para mal, se termina despabilando–, esta película implica y ofrece una especie de poética del autor, aun cuando él no aparece en pantalla, una muestra de hora y pico de su microcosmos: desde la casa de su padre que sirvió como una de las locaciones hasta los banderines de San Lorenzo, la música y la referencia constante a iconos del universo rock, pasando por las amistades que se saben y se adivinan con uno de los directores y con los diversos actores (Nahuel Viale, el escritor y editor Lucas Oliveira y Santiago Barrionuevo, sobre todo).

Cuando salió Ocio, el libro, fue elogiado y criticado casi por lo mismo: mientras los halagos apuntaban a su lenguaje llano y directo (la eficacia de su narrativa) y al realismo de lo que contaba, las críticas apuntaban a su llaneza idiomática y a la falta de originalidad del tema: el traumático paso hacia la adultez de jóvenes adolescentes que, de alguna manera, ya había retratado, entre tantos otros, Arlt en su mejor novela: El juguete rabioso, una obra que curiosamente también ponía en primer plano la relación de un grupo de jóvenes con respecto al dinero; toda la maquinaria que la ausencia de plata ponía en funcionamiento: lecturas nocturnas y urgentes, robos de todos los colores e inexplicables traiciones. Acaso no sea casual la rima entre Ocio y El juguete rabioso (libro que también contó con una adaptación cinematográfica dirigida por Leopoldo Torre Nilsson). Quizás haya, de hecho, una continuidad entre aquellos chicos que planeaban robar para poder hacer algo por dinero y estos chicos que se sumergen en un negocio complicado y muy turbio porque están paralizados por el ocio, por sus bolsillos vacíos.

Más allá de que tiene un argumento muy definido –la historia de un joven pasivo y anestesiado entre cama, ginebra, música y apatía–, Ocio es más que nada una historia de climas, donde reina la atmósfera de ese hogar destrozado donde conviven como islas los tres hombres de la casa (Andrés, su hermano y su padre) a partir del derrumbe familiar que significó la muerte de la madre.

Desde ese porro iniciático, que no deja de ser otro juguete rabioso y generacional, hasta ese inexplicable olvido del dinero para ir a la cancha, Ocio –tanto el libro como la película– tiene la virtud de mostrar descarnadamente la afectación con que la generación crecida en los años ‘90 creó sus anticuerpos.

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